martes, 23 de noviembre de 2010

LAS CONCLUSIONES DEL VAMPIRO

Aquí tienen, de forma dramatizada, las conclusiones de mi tesis doctoral  sobre los orígenes de la forma del vampiro. Lo sumaré a la tetralogía de piezas cortas antes anunciada. La exposición poco ortodoxa de las conclusiones fue una apuesta de mi tutora, Maite Méndez Baiges, que supo valorar el riesgo de la apuesta. Nos valió el cum laude y un hermoso elogio del tribunal, al que dedico este final que añadí poco tiempo después de la lectura.


LAS CONCLUSIONES DEL VAMPIRO
(Salón de una rancia universidad, en cuyo centro hay un viejo atril de madera sobre el que llega un doctorando a colocar unos papeles. De unos 35 años, pálido, con gafas y enchaquetado.  Más a la derecha del espectador y en proscenio, una mesa con dos grandes copas. El doctorando se dirige a los miembros del tribunal de la tesis que ocupan el espacio de la cuarta pared)
Doctorando:
            Buenas noches, señoras, señores. La tesis que tienen delante es un estudio iconológico del vampiro en Occidente, desde sus orígenes hasta el cine de la Productora Universal. Es el fruto de diez años de investigación en busca de la imagen de ese mito contemporáneo que es el vampiro. Mi trabajo surgió en el departamento de Arte de esta facultad, fruto de la admiración y devoción por estas criaturas a las que perseguí a través de múltiples viajes, rancias bibliotecas, inacabable correspondencia, salas de cine, pantallas domésticas,  durante largas noches en vela en la soledad de mi habitación o en la ciudad  tumultuosa por la que sé que caminan. Seguí su pista hasta un anochecer como el de hoy en que, paradójicamente, fueron ellos los que dieron conmigo. Les pregunté entonces por sus orígenes antes de que el cine los convirtiese en el más seductor mito de nuestros tiempos, y de mis preguntas surgieron sus respuestas. Ellos me hablaron, y consintieron al fin en aclarar todas mis dudas.
(Un proyector ilumina el fondo de la sala. Aparece una imagen de Bela Lugosi y Carroll Borland en La marca del vampiro, de 1935)
             ¿Cuál es el auténtico rostro del vampiro? ¿Tiene ese ser que hoy reconocemos en las pantallas el mismo semblante que su ancestro, aquél que empezaba a reptar por cuadras y casas rurales matando al ganado y asustando a sus parientes? El vampiro folclórico ha sido escasamente representado, y sí, en cambio, tenemos hileras de rancios chupasangres envueltos en engolados trajes y atributos proteicos que poco tienen que ver con sus humildes orígenes.
            En un principio no había una imagen certera del vampiro, nadaba ésta en una sopa de propuestas literarias que se materializaban en la imaginación de los ávidos lectores de relatos fantásticos del siglo XIX. Las ilustraciones de folletines y programas de teatro nos muestran a donjuanes siniestros con patéticos ademanes, y las pinturas extrañas zoomorfosis femeninas: serpiente, medusa, pantera, sirena, simientes de un icono aún no diferenciado del resto de sus primas del bestiario. Es el éxito de Drácula el evento que llega a recalar definitivamente en la psique contemporánea, el diseño que Stoker propone en la cuidadosa construcción de su personaje principal, el que definitivamente sienta las bases del monstruo que hoy reconocemos. Tras este hecho innegable solo podemos bucear en ese <<antes y después>> del icono, buscando, como el que resuelve un complicado puzzle, las partes que al final se integraron en su nacer como fenómeno de masas.
            No existe en su principio la efigie de un <<rostro verdadero>>como los supuestos retratos de Cristo que se veneran en algunas catedrales, pues si el vampiro ha logrado un rostro canónico, ha sido a través del cine, medio que le permitiría el ser confirmado como uno de los grandes seres fabulosos del mundo contemporáneo.
            Vampiro y vampira, imágenes envueltas en niebla, salidas de un viejo sepulcro de símbolos, no acuden a nuestra cita desde el mismo lugar. Se plantan ante nosotros, con mirada desafiante, maquillados por un hábil artista de la caracterización y ataviados por un exquisito modisto. Su gesto apotropaico los fija como siniestros koré y kuroi ante la carpintería grisácea de la gran <<U>>. Acunados por los primeros aullidos del sonoro, nos miran, enmudecidos, bajo el batir quiróptero de unas alas de juguete y el místico haz de los arcos voltaicos.
            Vampira y vampiro, ¿de dónde venís? ¿quiénes fuísteis? ¿a dónde marcharéis? Si vuestras bocas se abriesen, ¿se abriría la historia? ¿desvelaríais el origen de vuestra estirpe?, ¿vuestras sucesivas metamorfosis? Posiblemente no. Si se abriesen vuestras bocas descubriríamos con horror esa hilera de dientes felinos, dispuestos al sempiterno ataque de sempiterna sed. Mas son los tiempos del Código Hays. Más vale callar, más vale mantener la pose, ocultar vuestra libérrima impostura. Sólo sugerir que sois sombra, reflejo, el otro yo del ser que os mira, mi propio yo liberado de la pesadez del mundo, de la sociedad, del consumo, de la guerra, del propio espejismo del amor.
            Como Ulises en los Infiernos, hemos de vencer su silencio con el pago de una medida de sangre para hacerles hablar. Ellos mismos nos contarán su historia, a través de océanos de tiempo, pero por separado. Los Condes Mora, personajes de la marca del vampiro, de Browning, serán los encargados de resumirnos su singladura iconográfica. Venid, desde la penumbra de la sala. Tomad esta ofrenda, oh, sombras. Procurad ser breves:



DIÁLOGO DE LOS CONDES MORA

(Entran, saliendo de la nada, los Condes Mora, son los mismos rostros y atuendos de Bela Lugosi y Carroll Borland en La marca del vampiro que hay proyectados al fondo. Se colocan en primer término, ante la mesa con dos grandes copas )

Vampira: Por favor, bebe primero.
Vampiro: Aún juegas a dominar la sed.
Vampira: Primero el caballero (Irónica). Fui engendrada en la estirpe de Tiamat: nací con el mundo, tengo la paciencia de las serpientes.
Vampiro: Adoro tu falsa amabilidad. Está bien, querida, empiezo yo (bebe con avidez):
      Aunque nos vean juntos en la foto, venimos de lugares muy distintos. Esto es solo una pose, ya saben, así nos publicitaban en los estudios del Sr. Laemmle. Como Luna les acaba de decir, ella es muy anterior a mí, su historia nace con el tiempo, ella es…mucho más vieja. Yo, en cambio, soy contemporáneo, me fui gestando como leyenda poco a poco, durante la Edad Media, cuando las ciudades se habían despoblado y los hombres adoraban las reliquias. Ellos vivían rodeados de la Naturaleza, auténtica bestia feroz con la que luchaban día a día para ganarse el sustento. La Iglesia, organizada como una jerarquía militar, había vencido a Mitra, al gnosticismo, a los dioses bárbaros… pero aún necesitaba, para poder subsistir, la figura de un enemigo, un fantasma siniestro con el que los siervos pudiesen desviar su situación miserable, el odio y malestar hacia una aristocracia de patricios y obispos que les sangraba con levas y tributos. Así nací yo, vástago de Satanás, en aquella tierra poblada de demonios, alumbrado en la febril imaginación de las historias al amor de la lumbre contadas por los viejos.
      En efecto, yo era un ser descrito, no iconizado. En un principio mi figura emergía de los labios desdentados de estos aedos de los campos, que tras las duras labores reunían en torno al fuego a sus nietos contándoles terribles historias de aparecidos que volvían rasgando con sus gritos la sosegada noche a cebarse en la sangre de sus vecinos,
      De cómo mis historias pasaron de los bosques a las crónicas locales y luego a los escaparates de las librerías, ya lo saben. Llegó el tiempo en que las máquinas tomaron el relevo del hombre, y las nuevas ideas revolucionarias pregonaban la libertad, la igualdad y la fraternidad entre los pueblos. La ciencia, la técnica, la filosofía daban pasos agigantados, y justo en ese momento, mientras se ponía en duda la existencia de Dios y rodaban las cabezas de los nobles bajo el silbo de la guillotina, dejé de rondar los feos sepulcros de los arrabales para volverme el señor fascinante y estiloso de las novelitas de a pequine, castellano de feéricos dominios orquestados por jaurías de lobos.
      Un abad enemigo de Voltaire tuvo gran parte de culpa, al definirme como un fenómeno sobrenatural de dudosa existencia. Sólo bastaba esa ambigüedad para que el burgués medio -ávido de experiencias mágicas- se interesase por mí, lo que incrementó el afán de leer mis historias ambientadas en aquellos confines de Europa. Al abad Calmet le debo mi nombre actual, extraído del término eslavo <<upir>>. Voltaire se vengó luego de Calmet en su Diccionario filosófico: aún lo veo en ese salón hecho a su medida, aquella velada memorable de Sans Souci amenizada por Quantz, -se entretejían los sones de la flauta entre la rocalla y los papagayos-. Ironizaba ante Federico El Grande, acerca de si no eran los propios curas los verdaderos vampiros.
      Pero fue gracias a aquella noche de sexo y drogas en Villa Diodati cuando me hice famoso, cambié de aspecto y provoqué el primer fenómeno de vampiromanía artística conocido. Fue una lástima que Polidori no disfrutase de mi triunfo como Lord Ruthwen. El destino es así con algunos artistas, aunque sí que puso en su lugar al monstruo que lo inspiró: Lord Byron, que rabiaba ante las felicitaciones de Goethe, Hoffman y otros grandes de la literatura, desmintiendo la autoría de El vampiro. Mi fama había cruzado la isla y se expandía por toda Europa.
      De este modo comencé a ser visto en las imágenes de los programas de teatro y en los penny dreadfuls. Mi apariencia en éstos puede resultar simple y cómica a los ojos actuales, garabateado rápidamente, con líneas nerviosas de dibujantes desconocidos. Mi aspecto es el de un noble ataviado a la escocesa, o con turbante, o peluca, cuando estoy pletórico, o de pútrido cadáver cerniéndose sobre una exánime jovencita en mis peores momentos (caso de la portada de Varney, o en la primera página de este primer número, donde enseño por primera vez mis colmillos).
      Aún conservo algún programa de esas obras rocambolescas a las que asistí alguna noche, en el Circus Maurice, donde el actor que me representaba salía vestido <<a la turca>>, con turbante emplumado. Y también conservo un ejemplar de la primera edición de El festín de la sangre, por la que hace poco un bibliófilo me ofrecía una suma astronómica. Creo que entablaré negocios con él. Tiene una hija adolescente muy…interesante…. Ja ja…<<a romance of exciting interest>>.
      Pero las bellas artes aún no se interesaban por mí. Mi fama había crecido, sí, pero no hasta el punto de ser considerado objeto temático de la pintura, ni de la escultura. Por aquél entonces yo recelaba aún de contratar los servicios de ningún pintor para inmortalizar mi efigie, sobre todo vista la mala experiencia acontecida a un conocido próximo a nuestro círculo, el Sr. Dorian Gray. Además los artistas encontraban más interesantes plasmar otros mitos antes que el mío: Lucifer, la Muerte, incluso la propia vampira (mirando a Luna Mora). Hasta que, claro, surgió el cine.
      Fue Stoker quien creó mi prototipo, el que indagó en mi naturaleza y fabricó mi forma en palabras, pues ya tenía el terreno abonado por Ruthwen, Varney, Dorian, y la simpar Carmilla, única joya literaria que puede, desde su humilde formato, hacerle sombra a Drácula.
      En la edición de 1898 aparezco en la portada de Drácula, con una de mis más queridas poses. El ilustrador ha elegido como escenario mi castillo de los Cárpatos: me veo reptando desde las almenas por el muro, hacia abajo, ayudado de mi capa flotante. Me pinta como un viejo de pelo blanco y largos mostachos,- tal y como relata en la novela el irlandés- Me recuerda el estilo de esta ilustración al de los futuros cómics, género que está a punto de convertirse en el vehículo más popular para seguir mis correrías. La verdad es que circulan muchas tesis sobre el origen de mi aspecto en Drácula: el príncipe Vlad tepes, el actor Henry Irving, el poeta Alfred Tennyson, el explorador Richard Burton…todos son supuestos candidatos susceptibles de servir como modelo a mi personaje, el Conde.
      Pero es en 1922, cuando Murnau acepta el encargo de rodar Nosferatu, que un singular genio llamado Albin Grau rompe con el arquetipo literario y diseña un vampiro fuertemente expresionista, de rostro enjuto y cabeza calva. Inspirado en una ilustración de El Golem, de Meyrink, y con un nivel plástico difícilmente superable, me alzo como personaje de culto de un filme perseguido por la tragedia, hasta que se me rescata en los setenta del olvido gracias a un puñado de amantes del cine. Superando casi en éxito al propio vampiro lugosiano, Orlok demuestra que no existe una forma canónica para representarme, y que la fantasía e imaginación de mis artistas plásticos si no van paralelas, están ya muy por encima de lo descrito sobre el papel.
      En 1931 muere Lon Chaney y Bela Lugosi asume el papel de Drácula, que iba destinado a aquél. El éxito de la película y el rol interpretado por el histrión rumano me asientan, por fin, como icono, para los restos del siglo. Claro, que detrás de mí estaba el genio de Jack Pierce. Es este modelo de vampiro post-feudal, seductor, repeinado y operístico el que se adaptará como un guante a mi personalidad, venciendo con mi capa rojinegra y mi boca sensual sobre los demás pretendientes al ranking.
      Puedo afirmar que si el vampiro del siglo XIX fue literario, el del XX ha sido icónico. Si mi imagen partía al principio de lo descrito en los cuentos, después van a ser los medios icónicos de masas los que van a servir de inspiración a los otros medios interesados en mi y mi mundo nocturno. Ahora serán maquilladores, estilistas, modistos, dibujantes y artistas conceptuales los que propondrán las formas con que se adornarán mis rasgos y atributos, disparándose sus propuestas en ese poliedrismo que caracterizará mi morfología en el cambio de milenio.
Querida, te toca hablar a ti:
Vampira.    Muy ilustrativo, querido. (el vampiro le hace un galante ademán) Gracias, con tu permiso: (bebe de la copa)
Vampira:
      Puede parecer insólito que el Real diccionario de la lengua no reconozca mi género, o me deslice sutilmente hacia la mujer fatal; lo cierto es que en él solo encontramos (saca un pequeño diccionario) <<vampiresa>>: <<Mujer que aprovecha su capacidad de seducción amorosa para lucrarse a costa de aquellos a quienes seduce>>. En algún otro glosario me llaman también <<tigresa>> y <<devoradora de hombres>>.
      El término <<vampira>> no aparece, y sin embargo, todos usan esa palabra para designarme en el género fantástico. ¿Por qué? Quizá porque la femme fatale y la vampira vayan indisolublemente confundidas, entreveradas en su naturaleza humana y mitológica.
      ¿Qué soy? ¿Monstruo con apariencia de mujer, o mujer que esconde en su interior un monstruo? Melusina, sirena, gorgona, harpía, vampiro, o femme noire, son todas diferentes linajes de la <<vampira>>, ese vocablo no reconocido, pero que lo anglosajones bien han sabido resumir con el monosílabo <<vamp>>
      Dauphine Seyrig protagonizó en 1972 una de las joyas del cine de vampiros, El rojo en los labios, donde la confusión con el significado de ambos términos, <<vampira>> y <<vamp>>, se aúnan para mostrarnos una chupadora de sangre revestida con el glamour y atuendos de la mujer fatal. La divina presencia de su porte exquisito operaba la máscara perfecta que ocultaba su entidad monstruosa. Nunca el límite entre la vampira sobrenatural y la vampiresa fue tan estrecho. Ni Kim Novak en Vértigo ni Laura Helena Harring en Mullholand Drive se acercaron tanto a esa fusión, estando tan próximas. Ninguna de las tres lucían las fauces simbólicas de la fiera elemental, pero cada una, a su modo, van más allá de la vampiresa, su halo mitológico se superpone al plano de lo concreto, son seres metafísicos, monstruos sin alas, sin garras ni colmillos.
      Mi mejor retrato lo trazó, sin duda, Teófilo Gautier, que inspiró a Le Fanú el suyo de Carmilla. Clarimonda, Carmilla…parece un juego de palabras, ¿verdad? Rubia o morena, diablesa o celestial, ambas caminan hermanadas entre las criptas de un schloss desmoronado. Hube de eclipsar a sirena, a Medusa, a lamia, robar sus atributos, fundirlos, hacerlos míos, para nacer al fin, distinta y con mi nuevo nombre. Los artistas plásticos tampoco se deciden a darme una apariencia determinada: me mezclan, me confunden, me extrañan. Christopher Frayling no dudará en clasificarme en su catálogo literario, como <<vampiro-femme fatale>>, pues desde que aparezco en La novia de Corinto, llevo el estigma del pecado de la Carne. Resulta paradójico: Dios creó al hombre, y el hombre al vampiro, pero yo…. yo soy anterior a Dios. Al menos a ese Dios que dibuja el orbe con un compás y extrae a mi sucesora Eva de la costilla del hombre.
   Porque primero fui Lilith, diosa en el mundo pagano, después, diablesa. Empusa: <<vacío revestido de apariencias quiméricas y cambiantes, como el demonio cristiano>>, nos dice una autora contemporánea. Voluptuosa seductora apostada en la encrucijada de caminos y la fiebre del sueño, o mater tenebrarum, anciana bruja-vampiro de las covachas. Rediviva a partir de éstas, de la hechicería evolucioné, me mezclé con bestias desiguales y perversas históricas, y así llegué al siglo XIX, convertida en vampiro y suplantando al súcubo. Allí me hallé, nueva depredadora, dispuesta a dar el salto definitivo a la literatura y las artes plásticas en el Siglo del Progreso.
      Shelley, fascinado ante el retrato de Medusa de los Uffizzi, definió en mí esa parte de la belleza romántica, mezcla de voluptuosidad y horror que Praz bautizó <<medusea>>. Los diferentes rasgos de las viejas y míticas seductoras se me van adhiriendo como piezas de un collage, cabellos, alas, escamas, garras, colmillos, ojos de fiera se contraponen a mi otro yo de donna angelicata, rasgos con los que confundiré a los hombres para atraerlos a mis redes de seda. Pero aún no he sido pintada más que en los textos. En las noches susurro a Goethe, Coleridge, Southey, Potocki, Keats, Hoffmann, Poe, las historias que luego extraen de sus sueños. Contemplé tu nacimiento (al vampiro), en las obras de Stagg y Polidori. Ya por entonces era yo una cazadora consumada. Yo te enseñé a seducir, a besar y buscar en la vena más hermosa el rojo néctar. Sí, tuviste mucho éxito con tu Lord Ruthwen, pero, recuerda, en gran parte me lo debes a mí.
      Baudelaire me canta, Rossetti me pinta y me dedica poemas. ¿Qué importa de dónde yo venga, del cielo o del infierno? Ya estoy preparada para la no-vida de las imágenes. Pero al pasar al lienzo y al papel algo ha ocurrido, mis rasgos…se han afilado, soy más andrógina, menos angélica, como aquella Lilith prerrafaelita, distante y enigmática que peina su ígnea mata frente al espejo. Ya soy la vampiro de las ilustraciones de Dark Blue en Carmilla, o del dibujo trazado por Burne Jones. Aquí me alzo triunfal sobre el abatido despojo masculino al que he succionado la vida. Sí, Carmilla fue mi gran logro, y la fuente directa e inspiración de la novela de Stoker, de eso a nadie le cabe la menor duda.
      Y sí, Drácula me lleva a la fama, me convierte en el objeto prohibido del sexo victoriano. Soy de carne y de niebla a la vez; soy trina y una. Las viejas sombras de la triple diosa resurgen en el castillo freudiano donde persigo a Jonathan Harker con mi risa de cristal y dientes afilados. Pero, desde este momento, mi destino será acompañar el Conde, cabalgar a la sombra de su éxito: Stoker hizo de mí un personaje secundario, pese a las escenas memorables de Lucy Westenra o de las novias del Conde. Yo, que había sido el símbolo de la rebeldía, de pronto me hallo subsumida a un vampiro macho, y de dominatriz paso a dominada.
      Mas antes tendré otro destello de gloria, pues gracias al éxito de la novela, en los albores del XX paso a ser moda, me convierto en leit motiv de creadores y gente de la buena sociedad. Mi presencia inquietante rampa por revistas con profundas ojeras tintadas de abéñula y modelos exquisitos de Doucet y Poiret. Soy un ídolo de perversidad. Repto metálica con Flaum, vuelo con alas quirópteras merced al lúbrico Pénot, o yazgo bajo la azulada paleta de Romaine Brooks pintada como su famélica musa, la bailarina Ida Rubinstein.
      Y después… el cine. Ese mundo de fantasía, tan irreal como yo misma. Allí popularicé la palabra vamp. Cuántos papeles caídos bajo el olvido, cuánto celuloide desintegrado. Todo hacía presagiar un triunfo con mayúsculas de la vampiro en las artes, pero no, no fue así. En estos albores del siglo seguí siendo estrella secundaria. Ni la genial Theda Bara, ni la divina Louise Brooks ni la regia Brigitte Helm pudieron mantener mi liderazgo, ya que sus roles tampoco eran de vampiros sobrenaturales. El peso de la novela de Stoker y su adaptación teatral fue aplastante. Y allí era sólo una partenaire. Además, con el filme Drácula llegó también el código Hays: con él perdí mi desafiante sexualidad, viéndome de súbito ataviada con pulcros camisones hasta el cuello. Subsumida a ti, el vampiro macho, me convertía en una triste sombra de lo que fui, pero aún hubo algún destello de mi poderío en la María Zaleska de La hija de Drácula, o la vorkolaka de La isla de la muerte.
      Con la decadencia del género de horror y sus monstruos míticos en los años 40, la <<vamp>> pasará a los cómics y a la serie negra, dejando de nuevo de ser una criatura sobrenatural para conducirme por los caminos del hampa y continuar llevando a los hombres a la perdición.
      Después de la Segunda Guerra una productora inglesa bajó mis escotes y me llevó a la sexploitation, me convirtió en la ramera del Conde, que había sido rebautizado con una imagen impactante. Esos nuevos colmillos relucientes…. el technicolor… y Christopher Lee…¿Quién podría resistírsele? Seré desde entonces un rol marginal dentro de un género marginal; dama del coro, siniestra vedette de este oscuro reino de sombras. Mi uniforme de sumisa será en el siglo XX un amplio camisón blanco con las fluctuaciones de escote impuestas por la censura. Aunque, de vez en cuando, también será el de oscura dominatriz de estilosa negra túnica y tocado de azabache, como Patty Shepard en La noche de Walpurgis, la oscura sacerdotisa de sardónicas mandíbulas (vagina dentada, según los pupilos de Freud). En cuanto a mi oponente, la debilucha scream queen…por mucho que lo procure, por mucho que vaya a la última y luzca los chics modelos de la temporada, su intento falaz nunca la hará más atractiva que yo. Y que grite lo que quiera.
      No siempre llevaré esas fauces evidentes, claro. Todo es contextual. Mis mejores papeles, mis mejores atavíos los luciré fuera del denominado <<género de vampiros>>, en esas raras avis del cine de autor, como Vértigo, Mulholland Drive, Audition, Le rouge aux lèvres, siempre en la linde de la vampira y la vampiresa, o mejor: diremos: vamp.
      Como puedes ver (al autor), nuestra fisonomía, nuestros ascendientes y nuestra futura forma nunca estarán decididos.
Vampiro:       Como buenos monstruos que somos de la Era Contemporánea y toda  su ansia de novedad.
Vampira:      Te preguntas, no obstante, quiénes somos, si existe algo inmanente en nosotros que nos defina y represente como iconos. Es fácil:
Vampiro:          Somos cadáveres, hemos cruzado el Estigia, abandonado el Hades para caminar sobre la tierra.
Vampira:          Para algunos de nosotros este cambio ha sido una forma de liberación, para otros, una pesada agonía.
Vampiro:          Somos seres infernales, viejas diosas y dioses demonizados. Los descendientes de Tiamat y Angra Mainyu. Vivimos por ello bajo el lodo y la oscuridad, la luz del sol nos ata, nos desintegra; caminamos sobre cementerios y ruinas malditas, emparentados con las bestias de la noche y sus decorados.
Vampira:          Somos seres simbólicos, fuerzas abstractas, al igual que personajes de un auto sacramental. Representamos las pulsiones elementales, el desafío al orden, el ansia de infinito, la incesante sed.
Vampiro:          Demonio, Muerte, Carne, un crisol de todos ellos.
Vampira:          Yo, la vampira, represento mejor que nadie este último rol. Soy la heredera de Circe, de Cleopatra, de Theda Bara, de Natasha Kinski.
Vampiro:          Yo de Seth, de Hades y Saturno, del Satanás de Dante, de Don Giovanni, del villano gótico, del mismísimo Lord Byron….
Vampira:          No solo soy de apariencia humana: también animal, planta, cosa, presencia invisible…
Vampiro:          A veces materia concreta, otras, espejismo, ectoplasma, negativo de haz de luz de una sala de cine. De todos ellos hemos tomado algo.
Vampira:          Me reproduzco, renazco y muero, en eso no contradecimos la Física de Aristóteles… excepto en que podemos renacer y morir indefinidamente.
Vampiro:          Porque, <<hay, Horacio, más cosas en el cielo y la tierra, de las que tú puedas soñar>>.
Vampira:          Y luego…está la sangre.
Vampiro:          La sangre y su belleza.
Vampira:          La sangre y sus misterios…
Vampiro:          Principio de vida.
Vampira:          Comunión blasfema.
Vampiro:          Motor de nuestro vacío vital…
Vampira:          …por ella nos alimentamos, nos activamos, nos socializamos…
Vampiro:          …por ella nos preservamos, nos multiplicamos…
Vampira:          …la sangre y su roja belleza…
Vampiro:          …ningún otro mito ha escanciado más sutilmente el precioso fluido….
Vampira:          …hondo carmesí, resbalando en un hilo de una comisura…
Vampiro:          … o explotando en el pecho desgarrado por la estaca ejecutora…
(silencio) Debemos irnos. Se terminó el discurso.
Doctorando:     ¿Dónde vais?
Vampiro:      A dormir, es hora de descansar. Es hora de olvidar lo que somos, al menos durante unas horas (inician el mutis, pero el vampiro se vuelve otra vez) A veces sueño con el sol. En mi sueño corro por una ciudad bulliciosa, sintiendo el latir de la gente. Incluso un sentimiento de culpa me invade porque llego tarde al trabajo, como cuando era un hombre.
Vampira:          Yo no sueño nunca. Mi sueño es el presente, este devenir, esta ausencia. Tampoco lo echo de menos… ¿Acaso no me siento más libre aquí, en este sueño de vida? Sí, adoro el vacío, es sumamente….estético ¿Vamos, querido? (le da la mano)
Vampiro:          ¡Vamos! (Se dirigen hacia la oscuridad, a punto de desvanecerse. Se hace un silencio)
Vampiro.          (El vampiro se vuelve otra vez). Señores del tribunal. ¿No han pensado que nuestra presencia en esta ceremonia resulta un tanto insólita? A simple vista, creerán que han sido espectadores de la extravagancia de un pobre doctorando que intentaba deslumbrarles con esta farsa, este pequeño <<circo de los vampiros>> interpretado por dos cómicos de la vieja escuela.
Vampira.          La verdad es que nuestra intención no era narrarles nuestro periplo, ni ese recorrido en el tiempo, ni la miscelánea de nuestras múltiples máscaras. La idea es otra. Espero que no se ofendan. Nos ha parecido sumamente divertido confeccionar esta pequeña representación, pero han de saber que nuestro fin no era el académico, precisamente; éste  sólo ha sido un pretexto para estar aquí con Vds., entre Vds.
Vampiro.         A qué negar que hemos disfrutado con la lectura, pero esta representación aún no ha terminado, falta el plato final.  Como les ha dicho Luna, lo que han visto hasta ahora sólo es parte de la comedia.
Vampira          Deberíamos explicarles el por qué…
Vampiro          No fue el Sr. Doctorando quien nos buscó para hacernos la propuesta de participar en la ceremonia, fuimos nosotros los que se lo propusimos a él.
Vampira.    ¿Por qué vinimos a esta facultad? No fueron precisamente los libros lo que nos atrajo a este templo del conocimiento. Estamos hastiados de leer. Hace mucho que preferimos actuar en vez de contemplar, sorber apasionadamente la vida que no habríamos podido ni siquiera soñar en nuestra pasada existencia.
Vampiro.     No nos hemos aprendido ningún guión. La distancia ha favorecido el condensar toda esa miríada de recuerdos en unas pocas líneas. ¿En qué queda la vida de un ser humano? Una lacónica frase de un obituario, unas fotos, cuatro palabras para un ser amado que acarician su recuerdo de vez en cuando. En cambio,  la vida de un vampiro continúa tras la muerte, más larga, intensa y excitante que su vida anterior.
Vampira.         Por eso nos gusta probar nuevos ambientes. Esta facultad, a la que llegamos tras seguir el taconeo de una joven alumna, nos pareció el sitio ideal para asentarnos. En el tejado descubrimos un tragaluz que comunica con los fondos de la Biblioteca; deslizándonos por él dimos con una habitación que parece no haber sido abierta en años. Lugar ideal para el sueño diurno. Fue cerca de aquí, en la Biblioteca, donde una noche encontramos a este pobre aspirante a doctor que salía cargado de libros y ajeno a  nuestra hambre diaria.
Vampiro.         Usualmente, matamos a nuestras víctimas y nos deshacemos del cadáver, pero, algo atrajo nuestra atención al caérsele ciertos papeles.
Vampira     Era una tesis sobre vampiros, cuya lectura prometía un buen rato de entretenimiento. Pero, claro, aquél instante no era el más apropiado. Así que le llevamos a la habitación del ático y nos deleitamos con sus venas mientras turnábamos el recitado del texto. Muchas de las cosas que enunciaba aquel documento eran ciertas, otras, tan hilarantes, que despertó en ambos un sentimiento de compasión tal por la ignorancia de este caballero que…
Vampiro.         Decidimos no matarlo…del todo. Primero le alumbramos en los errores de su investigación y después le invitamos a elegir entre convertirse en no-muerto, o  pasar a las regiones de la muerte definitiva.
Vampira.       De inmediato optó por la conversión, y, a la noche siguiente, renacía para  experimentar los misterios de la no-vida. Un premio al esfuerzo por tantas horas de encierro y dedicación.
Vampiro.       Y por eso está hoy aquí. Y nosotros con él… y también Vds., señores miembros del tribunal.
Vampira.     Él es nuestro neófito. Así que…ya han leído la tesis.  Está claro que es merecedor del cum laude.
Vampiro.    Una investigación iconológica tan inspirada, una adecuada referencia a las fuentes, un estilo tan florido, merecen mejor recompensa  que una simple nota.
Vampira.       Sí, más que el reconocimiento sobre un mero papel, debemos contemplar el pago a toda esa entrega  ...con su sangre. La sangre de Vds.
Vampiro.       Por eso ven todas las puertas y ventanas cerradas. No era para crear el clima necesario; era, simplemente, para favorecernos la tarea. Nuestro doctor tiene hambre, Señores del tribunal.

( El doctorando avanza hacia proscenio, amanezante, a la vez que enseña una afilada hilera de colmillos y unas largas uñas. La luz se va haciendo cada vez más tenue)

APAGÓN


copyright@antonioolveira


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