Me dolió tanto lo que dijiste; mejor
dicho: lo que no me dijiste... Todo el fin de semana hablando y fantaseando,
para al final dejar la cita de hoy en agua de borrajas. No te lo montas bien.
Son demasiadas veces ya. Me has avisado para tomar un café porque te pillaba cerca la procesión de ese
Cristo que tanto veneras. No hacen falta
explicaciones. Ya lo has dicho todo antes en ese bar de fanáticos donde los
gritos me impedían oírte.
Tres semanas diciendo que si qué a
gusto en tu nuevo apartamento, que si te invito a un arroz, que qué tranquila
la playa...y cuando llego al fin a verte, ilusionado, saltando por encima de
costaleros borrachos y marujas con carritos atrincheradas en la acera, vas, y
me sueltas que te vuelves a La Cala, que te apetece estar solo, olvidándote
totalmente de lo que habíamos planeado.
Qué imbécil la gente que es capaz de
ir en pos de un maniquí al que atribuyen propiedades mágicas, qué imbéciles,
que compran mis esculturas. Qué imbécil yo, que lo hago por la pasta,
malgastando mi tiempo. Malgastando mi
tiempo con ellos, contigo… Qué imbécil... porque luego, después de esperar al
trono y sortear la calle y a la muchedumbre, me cuentas que te lo haces con
otro artista que te ha guiñado el ojo en uno de tus paseos por la arena. Desde luego que te vas a hartar. Málaga no es Encinas Reales.
Te vas a hartar de follar, amigo.
Ni siquiera te has dignado a acercarme al
centro en tu coche. Pero tampoco hacía falta. Me gusta andar, y adoro el
viento...La noche está movidita (Se oye una sirena). Oye las sirenas...(Se oye
un crujido) ¿Qué ha sido eso? ¡Están cayendo ramas de los árboles! A lo mejor ha caído en la cabeza
de uno de tus cofrades (Pausa, moviendo con la cuchara el café).
Pensaba ir Torremolinos, a los lugares de
siempre, a hacer lo de siempre... y resulta que, por el camino, me meto en ese
otro mundo, silencioso y sagrado, de la tienda de lámparas.
¿Para qué estropear el recuerdo de
una visión perfecta?
No me he tirado al gueto, como
pensaba hacer. Al final me he vuelto a casa, desde donde te he llamado. No, no
me ha pasado nada.
Simplemente, te dejo.
Déjame terminar.
Esperando al bus he intentado retener
la preciosa imagen del vendedor de luces. No tenía papel ni batería para
apuntar en el móvil mis impresiones. Pero sí he guardado en la memoria,
afanosamente, la imagen del lamparero, su amabilidad, su voz de plata, sus
perfectas manos inmaculadas. Y mientras retengo su imagen, me apeno, porque me
has dado de lado, y tu cuerpo se me hace inalcanzable...(Mirándolo con
melancolía) Cuánto he deseado este cuerpo. Él tiene algo de tí, o algo que,
mejor dicho, tenías.
(Pausa. Sonidos de un vendaval semejante
a voces).
Estoy cansado. Ya son 52 y algunas goteras a la espalda. A
veces me invade la sensación de que mi vida no me pertenece. O peor aún: la
certeza de que todo ha fallado, de que el que está aquí adentro no soy yo...
Buscando en el estudio unos libros
para la clase del lunes; en una caja, olvidadas, me he topado con un racimo de
viejas libretas. Libretas coloreadas y manuscritas llenas de dibujos y poemas.
La mayoría garabateadas solo en las primeras
páginas.
Igual ha sido mi vida. Un bello principio de
colores intensos, y después... una interminable sucesión de páginas en blanco.
Me ha hecho gracia lo de tu ligue el pintor. Tenías muchas ganas de ser mi
inspiración, servirme de modelo para una escultura, ponerle tus rasgos a uno de
mis Cristos, ¿no?¡ Pues mira por dónde! Seguro que él te hace un buen retrato ¿Es lo que querías, no? Ya lo estoy viendo. Un retrato en la arena, con el mar
de fondo...
Todo se me escapa: amigos, obras,
exposiciones, sueños, fama... He llegado a un punto de mi vida donde no
entiendo nada. Tampoco ha de haber un porqué de este naufragio, claro. El hecho
es que no voy a crear más durante un tiempo. Lo he decidido. No, de momento. Se
terminó. Necesito un paréntesis.